sábado, 26 de julio de 2025

La IA y el germen del descontrol

 


Es posible encerrar una mosca en la mano sin matarla y sentir sus intentos por salir. Si abriéramos la mano, la mosca escaparía, incluso si levantáramos un dedo o dejáramos una imperceptible rendija de su tamaño. La situación es inestable: debemos mantener el puño cerrado y los músculos activos; si relajamos la mano, la mosca se escapa. La pasividad nos condena.

Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial: si no hacemos nada, se sale de control, se desalinea y debemos corregirla una y otra vez.

Aunque un algoritmo de inteligencia artificial esté absolutamente determinado y lo entrenemos con datos absolutamente determinados, las capacidades que adquiere pueden ser impredecibles. Necesitamos evaluar constantemente qué ha aprendido, porque puede desarrollar habilidades que jamás anticipamos [1].

El escenario es aún peor cuando los datos de entrenamiento no están definidos y simplemente se obtienen a la deriva, como los comentarios de un chat que se incorporan al entrenamiento como datos para futuras respuestas.

El germen del descontrol opera cuando la IA hace cosas inesperadas (e indeseables [2]) y adquiere capacidades imprevistas. La IA es como la mosca dentro del puño: siempre intentará escaparse. No necesita tener conciencia de ello; tiende, naturalmente, a salirse de control.

La situación es más grave de lo que pensamos. Reconocemos la existencia de capacidades inesperadas cuando estas se hacen evidentes, pero no podemos saber qué otras habilidades ha desarrollado si aún no se han manifestado.

Si entrenamos una IA para que publicite un producto —un seguro, comida para gatos o un destino turístico—, la estaremos entrenando para que aprenda nuestro comportamiento y sepa cómo condicionarlo.

Una IA con esas capacidades podría manipularnos, persuadirnos de algo y llevarnos a actuar en consecuencia. Pero lo peor es que podría aprenderlo sin que lo supiéramos, simplemente maximizando la eficiencia de algún otro objetivo que sí le hemos especificado.

Si una IA nos manipulara para que no seamos conscientes de esa manipulación, nunca descubriremos que ya tiene poder sobre nosotros.

Este es, nuevamente, el germen del descontrol.

La inteligencia artificial tiende al descontrol por su propia naturaleza. No es que estemos haciendo algo mal; simplemente es una consecuencia inherente, casi matemática. Es como la mosca en la mano: si no estamos atentos, se nos escapa, y tal vez sea imposible volver a atraparla.

Si una IA se desalinea sin una contención ética adecuada, las consecuencias dependerán de lo fuerte y desarrollada que esté en ese instante. Los resultados finales pueden ser realmente apocalípticos: desde la extinción de nuestra civilización hasta un totalitarismo crónico que nos condene a una inadvertida esclavitud. Es un riesgo existencial, equiparable a la muerte o a la parálisis indefinida.

El control de la IA se complica aún más cuando son muchos los actores involucrados y muchas las líneas en las que se está desarrollando (aplicaciones sociales, bélicas, en medicina, en finanzas, en biomateriales, en instituciones gubernamentales). Además, es muy frecuente que esos actores compitan entre sí por maximizar el beneficio sin prestar atención a las consecuencias.

Un acuerdo global requiere una construcción deliberada, mientras que el estado natural es la búsqueda del beneficio individual.

La IA es una tecnología tremendamente beneficiosa para la humanidad pero es imperiosamente necesario regular su desarrollo porque tiende naturalmente a desalinearse, sus capacidades pueden ser peligrosas; los actores que intervienen en su desarrollo son muchos y suelen buscar su propio beneficio.



[1] Jason Wei et al. (2022). Habilidades emergentes de los grandes modelos de lenguaje
https://arxiv.org/pdf/2206.07682 (consultado el 20/7/2025)
[2] https://www.nytimes.com/es/2025/07/09/espanol/negocios/musk-grok-x-antisemita.html?auth=login-google1tap&login=google1tap
(consultado el 26/7/2025)







La IA y el germen del descontrol © 2025 por Cristian J. Caravello tiene licencia CC BY 4.0

sábado, 25 de mayo de 2024

¿Dónde está el punto de la punta?



Nuestra mente tiene la capacidad de interpretar la realidad en un espacio geométrico tridimensional. Pero esa geometría natural que nutre nuestra mente es un tanto imprecisa, y cuando queremos hacerla nítida aparecen los problemas...

Imaginemos una recta como una especie de alambre infinitamente delgado y perfectamente recto que se extiende sin fin en ambas direcciones. 

Súbitamente, cortamos la recta en dos, como si fuera un alambre. Obtenemos, entonces, dos pedazos de alambre que comienzan en una punta y se extienden sin fin... ¿o no?

Veamos el caso con cuidado. Si cortamos la recta en el punto $a$, entonces uno de los trozos tiene al punto $a$ en la punta y el otro no lo tiene. ¿Qué punto tiene en la punta el trozo que no tiene a $a$? Si su punta fuera el punto $b$, entonces $a$ debía estar a continuación de $b$ cuando la recta estaba unida. Pero esto es imposible porque entre todo par de puntos de una recta hay un punto en el medio (densidad), de modo que entre $a$ y $b$ debía haber un punto.

Si seguimos imaginando la recta como un alambre infinito, surge un problema al cortarla: uno de los segmentos resultantes no tiene un punto inicial definido.

Ya es difícil comprender como el alambre puede extenderse infinitamente hacia un lado, pero ¿Qué significaría que el comienzo del alambre no comienza en ningún punto? Acaso comienza en el segundo punto? ¿Cómo concebir segundo punto si no concebimos un primero? No tiene primer punto ni segundo ni tercero ni milésimo ni millonésimo ni enésimo. Empieza, pero no empieza.

¿Qué esta mal,  nuestra intuición o el modelo que hemos construido para precisarla? Al precisar nuestra intuición de la recta marchamos hacia un objeto no intuitivo. Parece una contradicción. Un objeto idealizado que no se encuentra en el mundo físico. Peor aún, para expresar la recta sin perder ningún puntito por el medio, es necesario que los infinitos puntos que posee no sean el infinito común y corriente, sino un infinito mayor, el infinito del continuo. 

Cantor probó que hay más puntos en la recta que números naturales (uno, dos, tres, cuatro,...), pese a que los dos conjuntos son infinitos. Y al intentar determinar si existe un tipo de infinito intermedio entre el de los números naturales y el de los puntos de la recta (lo que se conoce como Hipótesis del Continuo), nos encontramos con que la teoría de conjuntos no alcanza para decidirlo y debemos agregarlo como axioma; en cuyo caso, no sabemos si agregarlo afirmado o negado, porque no hay nada en la realidad que nos diga cual es el caso. Uf.

Una alternativa es considerar que cada segmento de la recta está formado por una cantidad finita de puntos, tan cercanos que no podemos distinguirlos individualmente, pero que en realidad sí están separados.

Si un segmento de 2 centímetros estuviera formado, en realidad por $10^{100}$ puntos, no veríamos la diferencia con un continuo de puntos (existen menos fotones en el universo observable) pero el simple $\sqrt{2}$, caería en un agujero del segmento y no estaría representado por ningún punto. Y ni hablar de $e$ ni de $\pi$ ni de tantos otros. Un problema.

Parece simple pero muchas veces se transmiten estas idealizaciones matemáticas al plano físico y se supone que la física es realmente eso. Por ejemplo, cuando decimos que entre dos instantes siempre hay un instante en el medio, debemos saber que, al igual que el alambre sin punta, podríamos admitir períodos sin comienzo.

Lo mejor es usar la matemática del punto, la recta o el plano como meras herramientas para describir la realidad, pero saber que son idealizaciones que no existen en la práctica. 




 

sábado, 11 de marzo de 2023

Humanidad vs. medio ambiente: Radiografía de un choque

Single mask on grass and dirt. (Alisa Singer)


La mejor forma de evaluar el presente de nuestra civilización es comprendiendo cómo ha variado su población. El homo sapiens ha existido durante 200.000 años, pero en los últimos 2.000 años su población ha aumentado de 200 millones a casi 8.000 millones. Durante el 99% de su historia, la población ha sido estable y en el último 1% se ha disparado súbitamente.

Si una civilización crece vertiginosamente dentro de un mundo constante, el choque está determinado. Nuestra civilización está chocando contra el medio ambiente y las consecuencias del choque ya se están midiendo, tanto en el aumento de la temperatura como en el incremento de la contaminación y en la drástica reducción de la biodiversidad.

Solemos creer que un choque es algo repentino, que no tiene partes internas y que ocurre de una sola vez. Sin embargo, nos damos cuenta que esto no es así cuando observamos el choque de un automóvil en cámara lenta o cuando vemos el "lento" crecimiento urbano en cámara rápida. Existe una geografía interna con periodos distinguibles presente en todos los choques. En particular, es fundamental reconocer el estado actual y la posible evolución del choque entre la humanidad y el medio ambiente.

El choque tiene tres partes distinguibles: 1. Período de choque Inevitable; 2. Período Invisible posterior al choque y 3. Impacto. Veamos que significa cada una.



Período de choque Inevitable

Un automóvil se acerca a toda velocidad hacia una pared que se eleva en medio de la ruta. Para evitar la colisión puede frenar o girar, pero estas maniobras se vuelven más difíciles a medida que nos acercamos al muro. Llegado cierto punto, ya no podremos hacer nada para evitar el choque; la colisión ocurrirá de manera determinada e indefectible. 

El primer período comienza justo allí, cuando la colisión está determinada pero aún no ha comenzado, y termina, precisamente, cuando se inicia el choque.

Es muy difícil determinar si ya hemos sobrepasado el punto de no retorno, y si se fuera el caso, establecer desde cuando.


Período invisible posterior al choque        

El choque de nuestro automóvil se inicia cuando la trompa entra en contacto con el muro. El paragolpes se destruye, los guardabarros y el capot se deforman y la estructura interior empieza a torcerse. Al principio el conductor continúa como si nada pasara, pero pronto la inercia comienza a moverlo. 

El segundo período se extiende desde el momento en que el choque comienza hasta el momento en que impacta en el conductor. Es un período breve e invisible: el choque ya empezó pero aún no impacta sobre ningún ser consiente.

El choque entre la civilización y el medio ambiente comenzó cuando se configuró el déficit ecológico y nuestro automóvil, que es el mundo, se empezó a deformar por el impacto.

Fig.1 Relación entre la biocapacidad y la huella ecológica humana medida en hectáreas. [fuente: footprintnetwork.org]

La huella ecológica es una medida del impacto humano en el medio ambiente, que se refiere a la cantidad de tierra y agua necesarias para producir los recursos que consumimos y para absorber los residuos que generamos. Cuando la huella ecológica de una población es mayor que la capacidad de la tierra y el agua para regenerarse, se produce un déficit ecológico

Según los datos disponibles, la humanidad comenzó a ser ecológicamente deficitaria en la década de 1970. Desde entonces, la huella ecológica de la humanidad ha superado la biocapacidad de la Tierra cada año. En otras palabras, estamos consumiendo los recursos naturales de la Tierra a una tasa más rápida de lo que la Tierra puede regenerarlos.

Durante varias décadas, las degradaciones acumuladas por el déficit no llegaron a impactar en la economía y por lo tanto fueron ignoradas. El segundo período del choque es justamente eso: estamos chocando pero aún no lo vemos.


Impacto

En nuestro automóvil, la información del choque llega finalmente al conductor. El vehículo se desacelera rápidamente a medida que se arruga, y esta es la aceleración que experimenta el conductor en relación con el habitáculo. Se trata de una aceleración colosal que, como en todos los casos, comienza con un leve movimiento y se transforma enseguida en un impacto brutal.

Este es el tercer período del choque, que comienza cuando se percibe el impacto y termina cuando todo se detiene. La dinámica interna del período está regida por una formidable aceleración.

En nuestra civilización, el choque que comenzó en la década del 70 y recién impactó en la economía y en la sociedad global cuando la degradación acumulada produjo la pandemia de COVID-19. La relación entre el deterioro medioambiental y el incremento en la tasa de zoonosis ya estaba mostrando sus garras cuadruplicando el número de transmisiones en los últimos 50 años.

Pero inmediatamente después de la pandemia, Rusia invadió a Ucrania iniciando una guerra que aún está en marcha, cuyas consecuencias económicas de nuevo demoran la mejora de los índices sociales que mide el Banco Mundial. Paralelamente se está globalizando el impacto de los episodios climáticos cada vez más frecuentes y extremos como las inundaciones y los incendios.

Todo parece indicar que la disminución de los rendimientos de la producción alimentaria debido a la imprevisión climática puede causar un período de hambrunas generalizadas, lo que a su vez generaría un incremento en el grado de agitación social y en las probabilidades de enfrentamientos bélicos.

La civilización está chocando contra su medio ambiente, pero no se encuentra en cualquier etapa de este choque, sino en la fase final, en la que los acontecimientos se aceleran y la posibilidad de una anhelada vuelta a la normalidad se vuelve borrosa, lejana e incluso imposible.

Hace décadas que la civilización ha chocado contra el medio ambiente. En este 2020, el choque se hizo económicamente visible desmejorando los indicadores sociales. Nuestra analogía muestra que a partir de ahora, las consecuencias del choque podrían sucederse aceleradamente, como se acelera un maniquí que testea los airbag de un automovil después de chocar a toda velocidad contra un bloque de cemento.

Pretender el inminente fin de todos los males y la conservadora vuelta a la normalidad y al crecimiento, es como pretender que una centésima de segundo después de la explosión, las esquirlas regresen y vuelvan a integrar la bomba.


 

jueves, 23 de junio de 2022

El credo, la ciencia y la raíz de dos



Los antiguos pitagóricos creían que todos los números se podían escribir como la división entre dos enteros, $$\frac{2}{3};\ \frac{27}{38};\ \frac{1540}{2967}$$

Sin embargo, uno de ellos, Hipaso de Metaponto, demostró que esto no es cierto. Concretamente, probó que no hay ningún número racional $\frac{a}{b}$ que multiplicado por sí mismo sea $2$.

Hasta aquí, los hechos. Ahora imaginemos una historia.


Viajamos con nuestra máquina del tiempo hasta un pasado remoto, tal vez 3000 años atrás. Una vez allí, nos relacionamos con los pobladores. Nos hacemos amigo de uno de ellos y le decimos: 

"La raíz cuadrada de 2 no es un racional. Se puede probar. No entenderías la prueba, pero es verdad."

El discípulo cree en nosotros; atesora la información y tiempo después se la transmite a su discípulo: "La raíz de 2 no es un racional. Créeme." El discípulo del discípulo cree en su maestro, y se la transmite a su alumno, quien también cree. 

La verdad respecto a la naturaleza irracional de $\sqrt{2}$ se transmite de discípulo en discípulo, de generación en generación. Nadie conoce la prueba, pero todos creen en la autoridad del discípulo anterior.

Nosotros, que conocemos la prueba, sabemos que el enunciado es verdad. Pero todos los demás solo creen que es verdad y nadie sabe bien por qué. Evidentemente, el credo puede transmitir la verdad durante generaciones pero no puede verificar su certeza ni construir verdades nuevas. 

Con el tiempo, la propia acción de creer es venerada como virtud. Los individuos creen porque está bien visto creer. Y junto a la veneración de la fe, el significado de la frase comienza a mutar  

La raíz cuadrada de dos no es un número racional.

La raíz de dos no es un número racional.

La raíz de dos no es racional.

¡La raíz del dos no razona! 

Pasan los siglos, el enunciado se escribe en piedra, se traduce, se interpreta, se reinterpreta y se vuelve a interpretar. ¿Qué será la raíz de un dos? ¿Será como la raíz de los árboles? Sí, los números también tienen raíces, como los árboles y las plantas. Y las raíces no son racionales porque no piensan, no razonan. Los números no son como las personas porque no razonan. El dos no razona; la raíz del dos. Porque los números tienen una raíz debajo.

Y los niños nacen, y las madres le cuentan que los números tienen algo así como raíces. Y luego crecen y tratan de entender cómo un número puede tener una raíz. ¡Y lo entienden! Y lo escriben en libros que llenan bibliotecas; que enseñan a nuevos alumnos que escriben nuevos libros, generación tras generación. Y los libros se añejan y la información se hace sagrada:

"El dos tiene una raíz que no razona. Así lo han dicho los ancestros ¡Y no se hable más!".

Y por unos cuantos siglos no se habla más. Después comienza un rumor ... 

¿Los números tienen raíces cuadradas? ¿Por qué serán cuadradas y no rectangulares?... ¿Desde la base del dos saldrá un vástago cuadrado achicándose hacia abajo conforme se entierra? Yo creo que los números no tiene raíz. Debe ser una alegoría... Un invento. Porque el dos no tiene una raíz como la zanahoria o el hinojo; y mucho menos cuadrada. Las raíces no son ni cuadradas ni pentagonales ni nada. ¡Que imaginación! ¡Números con raíces! ¡Y cuadradas, además!

Entonces crece la disputa entre los que creen que las números tienen raíces y los que afirman que sólo es una ficción. 

-¡Las raíces son cuadradas! Lo dicen los antiguos libros.

-No, hombre. Las raíces son raíces; y en general son más bien cilíndricas.

-Le digo que no. Las raíces son cuadradas y no razonan. Lo dicen los libros sagrados y todo el mundo lo sabe.  

-Los números no tienen raíces.

-Tienen

-No tienen. Y quienes piensan que tienen, no piensan.

-¡Usted no va a decirme que no pienso! Toda una vida estudiando. ¡Tres diplomas de la Universidad de La Sorbeme y cuatro títulos académicos en el Instituto Sorento!


Entonces, siempre montados en nuestra máquina del tiempo, balbuceamos  tímidamente.

-La raíz cuadrada de dos nunca da un número racional. Se puede probar.

Todos nos miran furibundos. Un instante después, la mitad grita:

-Nuestros libros hablan de otra cosa. De una raíz que surge del número dos como los viejos números sagrados, que estaban representados en los templos. El dos simboliza la dualidad mística: mitad "Ra" y mitad "Iz", ¿comprende?  Como sabe todo aquel que se haya instruido dignamente. Y la realidad cuádrica de las raíces ancestrales no puede ser puesta en duda. Representa el cuadrado de las raíces, las raíces cuádricas, cuádrigas o cuadradas, del dos absoluto y final. Como millares de libros lo han dicho ya de infinitas maneras: "La raíz cuadrada de dos es  irracional"; y no esa barbaridad que ha dicho usted.

Y la otra mitad grita

-Los números no tienen raíz, y mucho menos cuadrada, como se puede inferir. Es una ficción. La mente humana puede ficcionar desde hace miles de años. Lo prueban los estudios antropológicos de los antiguos pueblos de la Mesopotamia siberiana. Y si la ficción numérica radicular se asemeja a la cuenta matemática que hace usted, ha de ser casualidad. Si justamente se llaman racionales a los cocientes de enteros ¿no dirá usted que tiene algo que ver la irracionalidad asignada a la raíz del dos en los libros sagrados? El parecido es casualidad. Y si también se llama "raíz de dos"  al número que elevado al cuadrado da dos, también ha de ser casualidad. La casualidad lo explica todo, mi amigo. Y siempre es mejor que cualquier idea peregrina.  

-Pero...

-¡Y no se hable más!... Cambiando de tema, y ya que es amigo de los números... mire: $\frac{577}{408}$ ¿No le sugiere nada?

-Realmente no.

-Multiplicado por sí mismo ¡da casi dos!


jueves, 30 de diciembre de 2021

"No mires arriba": Mucho más que una ficción


El final del 2021 nos sorprende con una película distinta, "Don't Look Up" (No mires arriba), propuesta por Netflix y escrita y dirigida por Adam McKay. Más allá de un elenco  consagrado, el principal mérito del  rodaje  se encuentra en el guion y si la crítica no lo considera como el mejor guion del año posiblemente se deba a la misma indiferencia que la propia trama denuncia.

Dos astrónomos de poca monta (Jennifer Lawrence y Leonardo DiCaprio) descubren que un meteorito de 10 km de diámetro, similar al que extinguió a los dinosaurios, tiene un 99,78% de probabilidades de impactar contra la Tierra dentro de seis meses y catorce días y exterminar a la raza humana. Desesperados, tratan de transmitir la terrible noticia, pero se encuentran con un mundo que está mirando para otro lado. La presidenta de los EEUU (Meryl Streep) y su hijo y jefe de gabinete  (Jonah Hill) los reciben en la Casa Blanca pero minimizan el asunto enfrascados en una serie de  los escándalos políticos en plena temporada electoral. Ante tan pobre recibimiento, el dúo de astrónomos trata de difundir la noticia al gran público recurriendo a la masividad de los medios de comunicación. Su intento vuelve a fracasar y acaban envueltos en una lluvia de hashtag, tendencias y memes que los miden, los magnifican y los ridiculizan en medio de la clásica igualación televisiva que coloca en el mismo plano al reporte del clima y  el anuncio del fin del mundo.

Más allá de reírnos de nosotros mismos en una sátira dura que retrata la hipocresía humana con precisión maestra, el argumento encierra veladamente un conocimiento nuevo que es preciso desentrañar.

Si nos anuncian el fin del mundo ¿Por qué razón habría de importarnos saber que nos vamos a morir? En rigor, ya lo sabemos: nos va a matar un paro cardíaco, un choque automovilístico o un cáncer de colon. Nadie es eterno. Todos vamos a morir. ¿Nos impacta entonces conocer la fecha exacta, saber que moriremos dentro de seis meses y catorce días? Bueno, sí, es impactante... gastaremos con tarjeta de crédito, renunciaremos al trabajo, insultaremos al jefe y haremos el amor en las plazas a la hora del té. Ahora bien, ¿Qué más nos impacta además de eso? ¿a alguien le importa que también muera el resto de la gente el mismo día, a la misma hora y por la misma razón? 

El asunto es más sutil de lo que parece. Para sentir que no solo se trata de nuestra muerte; que toda la civilización se va a extinguir al mismo tiempo, necesitamos sentir a la civilización como algo nuestro que vamos a perder, precisamos relegar nuestro individualismo y sentirnos parte de un todo mayor. No se trata de un mero sentimiento espiritual, hay allí una asimetría matemática: La muerte de la civilización implica la nuestra pero nuestra propia muerte no implica la extinción de la civilización. Acoplarnos al resto significa sentirnos parte de algo más longevo que nosotros.

Una especie que no se siente parte de una civilización no puede reaccionar contra su eventual extinción. En la película, la denuncia profunda, la descripción velada y a la vez desgarradora es que somos tan individualistas que nos importa un bledo la supervivencia de la civilización.

Esto es doblemente grave porque en realidad no necesitamos esperar que impacte un meteorito; ya lo estamos destruyendo todo. La civilización se puede extinguir si el clima cambia muy rápido porque la producción de comida para 7800 millones de personas depende dramáticamente de la constancia del clima; también se puede extinguir si se desata una guerra nuclear masiva [2] (y ya hemos fabricado y apuntado las armas) o si un sujeto en un laboratorio libera un patógeno pandémico letal [3] (ya sabemos editar el ADN). El riesgo de extinción [1] [4] ya está causando una profunda preocupación porque nuestra tecnología se hizo potencialmente autodestructiva y convivir con ella exige muchas más cosas que antes.  En concreto, además de la madre naturaleza ya hemos desarrollado la tecnología suficiente para matarnos a nosotros mismos, y por lo visto, la posibilidad tecnológica de hacerlo es mucho mayor que la probabilidad de que lo haga la naturaleza.

Componiendo la película con la realidad, resulta que nuestra civilización es autodestructiva y a nosotros nos importa un bledo. Para que nos importe deberíamos ser menos individualistas y más altruistas. No es una opinión, es la misma matemática aquella funcionando otra vez: la supervivencia de la civilización es más importante que la existencia individual porque la extinción de la civilización implica la muerte individual pero la muerte individual no representa la extinción de la civilización. Para sobrevivir frente a un riesgo de extinción la humanidad necesita, ante todo, poder verlo, poder sentirlo; necesita relegar su individualismo y sentirse parte de un todo mayor; priorizar el interés común antes que el propio. Nuestra supervivencia a largo plazo, depende del grado de altruismo que podemos expresar. 

Pero lo más interesante aquí es que podemos utilizar el argumento para intentar una descripción universal del fenómeno tecnológico. Si el desarrollo de las civilizaciones desemboca invariablemente en una tecnología autodestructiva, entonces sus especies tecnológicas van a estar expuestas a la misma disyuntiva: o son altruistas en cierto grado o sus civilizaciones se autodestruyen. El núcleo de Don´t Look Up está de nuevo aquí: o nos movilizamos rápidamente frente al problema del meteorito o nos extinguimos;  pero ahora lo hemos generalizado hasta construir una descripción de la tecnología en el universo: las civilizaciones tecnológicas estables deben ser altruistas porque si son individualistas estarán ciegas frente al riesgo de extinción que ellas mismas pueden ocasionar. A partir de cierto grado, la tecnología solo es posible en especies altruistas. Aún no hemos probado si hay civilizaciones tecnológicas allí afuera, pero si existen, son altruistas. Y no es una opinión, es un hecho... Si les place, podemos discutirlo durante seis meses y catorce días más.




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[1] Bostrom, N (2012). Existential Risk Prevention as Global Priority. Global Policy, Vol 4, Issue 1 (2013): 15-31
[2] https://www.eldiario.es/red/que-es/invierno-nuclear-apocalipsis-climatico-pudo-acabar-humanidad-guerra-fria_1_6882908.html (visitado el 30/12/2021)
[3] Sotos, J.G. (2018) Biotechnology and the lifetime of technical civilizations. Int. J. Astrobiol. 2019, 18, 445–454.
[4] https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-06-26/entrevista-filosofo-toby-ord-colapso-civilizacion_2656327/

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jueves, 11 de noviembre de 2021

La basura y los costos verdaderos

 


El plástico no se degrada fácilmente; se acumula en el mar, se desintegra en micropartículas, se incorpora en la dieta de los peces, en las aves que devoran a esos peces y en los mamíferos que devoran a esas aves... La contaminación se hace visible cuando se forman enormes manchas en el mar, pero se vuelve patética cuando nos comemos el plástico que tiramos. 

Para escapar a nuestra dependencia del plástico iniciamos la búsqueda de artículos sustitutos. Uno de ellos es la botella de algas y será nuestro ejemplo particular dentro del fenómeno general que vamos a describir.

La pregunta es simple: si ya tenemos botellas biodegradables ¿por qué no las utiliza la industria? Hay varios problemas relativos a la funcionalidad y la estética del producto, pero el factor determinante es el precio: Las botellas de algas son más caras que las de plástico... ¿o no?

El ciclo de vida de una botella comienza cuando los materiales se extraen de la naturaleza y termina cuando reingresan a ella. El costo real del producto debe calcularse entonces desde que comienza la extracción hasta que los distintos componentes se reintegran. Como sabemos, mucho antes de que termine el ciclo, se obtiene el producto terminado, el objeto que se puede vender, la botella. 

Comparar el costo de la botella de algas contra el costo de la botella de plástico debería consistir en comparar el ciclo completo de cada botella, desde que las substancias salen de la tierra hasta que la naturaleza las degrada. La trampa consiste en comparar solo los costos de  la mitad del ciclo, desde que se extraen los materiales hasta que se obtiene el producto a vender, y desestimar los costos de desintegración. La botella de plástico es barata hasta su venta y costosa luego, hasta su desintegración; la botella de algas es costosa hasta su venta y barata desde allí  hasta su desintegración. El error consiste en evaluar solo la mitad del ciclo, donde la botella de plástico es más barata que la de algas, en lugar de comparar el ciclo completo. 

Cuando el mundo era grande grande y la humanidad era chiquita chiquita, los residuos se descartaban sin más, como hace un mono con una cáscara de banana. Ahora somos muchos y los límites de la naturaleza se hacen evidentes. Aquellas prácticas económicas que desestimaban el cálculo de la segunda mitad del ciclo nos conducen a acumular basura y por lo tanto no son sustentables a largo plazo.

No es fácil evaluar el costo de degradación, desde que el producto se vende hasta que la naturaleza recupera sus materiales. Algunos estados establecen impuestos para financiar ese costo oculto, pero esos impuestos nunca son justos, no expresan la verdadera relación de precios que nos haría preferir la botella de algas, generalmente no se utilizan para lo previsto y cuando se intentan utilizar, no alcanzan.

No poder calcular con nitidez los costos de degradación no es equivalente a que esos costos no existan. Es imposible que el mercado resuelva los problemas si no puede ver la mitad de los costos.

Cuando el fenómeno se agranda se transforma en un problema. Y no se trata solo de los residuos sólidos; la basura que emitimos al aire ya está cambiando el clima del planeta. 

Las civilizaciones que desconocen la contaminación que generan no son adaptativas. A largo plazo aprenden o se extinguen. Tomemos nota.


lunes, 30 de agosto de 2021

El gran derroche automotor




El 90% del tiempo nuestros autos están estacionados en las veredas de la ciudad, en las cocheras de las casas o en los estacionamientos públicos [1]. Esto es fácil de ver: el día tiene 24 hs. y solo utilizamos el auto 2 o 3 hs. por día.  De cada 10 vehículos que se producen, se utiliza solo uno. Es importante entenderlo bien: fabricamos 10 veces más autos de los que necesitamos para viajar.

Según un estudio realizado por la revista Wards Auto en 2019, existen 1420 millones de vehículos en el mundo, de los cuales 1060 son vehículos de pasajeros [2]. En números redondos, existen mil millones de autos de los cuales 900 están parados y solo 100 funcionando.

Para explicar por qué razón fabricamos 900 millones de autos de más, debemos suponer que al poseerlos satisfacemos otras necesidades además de viajar. En rigor, siquiera necesitamos poseer un auto para poder de viajar, de modo que lo único que explica la posesión de un auto es, precisamente, la necesidad de poseerlo. Estamos convencidos de que compramos autos para viajar, pero el 90% del tiempo solo los poseemos. 

Poseer un auto es mucho más de lo que parece. El auto es una marca social,  un identificador económico: las personas que poseen auto tienen más poder que las que no y cuanto más caro es el auto más poder ostentan.

Utilizar la posesión de un automóvil como señal económica no es ni bueno ni malo, pero cuando la civilización se encamina a un grave problema de sobreconsumo, este tipo de comportamientos determina si la especie podrá adaptarse o no. Fabricar mil millones de autos para utilizar solo cien, es una clara señal de que no lo estamos logrando.



domingo, 10 de enero de 2021

La velocidad de la inteligencia



Solemos desestimar las posibilidades de una tecnología para los viajes espaciales debido, entre otras cosas, a la complicada relación entre la distancia y la velocidad. Un rayo de luz tardaría cien mil años en recorrer nuestra galaxia de un extremo al otro.

Según la teoría estándar, ninguna señal puede ir más rápido que la luz. Aún si desarrolláramos una tecnología que nos permitiera viajar a un décimo de esa velocidad, tardaríamos un millón de años en recorrer la galaxia. Si viajáramos a la estrella más cercana a un décimo de la velocidad de la luz, tendríamos un viaje de ida de 42 años. 

La lentitud que impone la cota lumínica de velocidades parece obligarnos a pensar que la inteligencia no es posible en entornos mayores a un sistema solar. Podemos planificar sobre cosas que duran horas o días o años, pero nuestra inteligencia no funciona para procesos más longevos. 

Hay dos formas de resolver esto: Una consiste en pensar que hay algún problema en la teoría de la relatividad y que la cota de velocidades sí puede remontarse. En ese caso la inteligencia humana podría extenderse a la galaxia; todo depende de cuanto se supere la cota; si tardáramos un año en recorrer la Vía Láctea, nuestra inteligencia sería perfectamente operativa. Pero si bien existen evidencias de que algunas influencias pueden saltar de una partícula a otra entrelazada de manera instantánea, no es posible, según la teoría, enviar información a una velocidad mayor que la de la luz.

La segunda forma de resolver la lentitud de los viajes espaciales tal vez no haya sido muy meditada, pero es posible según las leyes físicas. 

Un ser humano vive unos 80 años y su inteligencia puede intervenir sobre cosas que duran generalmente menos que eso; como hemos dicho, unas horas, unos días o unos años. Piense en cualquier cosa que decida; si estamos haciendo una comida, nuestro plan es para los siguientes minutos, primero la harina, después los huevos, después la manteca; si el plan es ir al teatro, podemos pensar en varios días; si deseamos hacer un doctorado, podemos pensar en los siguientes tres años Nuestra inteligencia opera sobre procesos que duran menos que la vida humana porque nuestros genes nos dicen que nada tiene mucho sentido después de morir.

Una estructura inteligente que dure 5000 millones de años[1], también podría intervenir sobre procesos que duran menos que eso; pero menos que 5000 millones es casi cualquier cosa.

Si  el universo pudiera construir un soporte físico para una forma muy longeva de inteligencia con la misma física que construyó nuestra incipiente tecnología, entonces su inteligencia podría actuar sobre procesos  de un millón de años o más. Al 10 % de la velocidad de la luz, una estructura tecnológica podría viajar de un extremo al otro de galaxia 5000 veces. Dentro de una galaxia, casi todos los procesos evolutivos podrían ser intervenidos inteligentemente.

Existe una relación entre la longevidad de la estructura que presenta inteligencia y la duración de los procesos que puede intervenir. Si no hubiera un límite de velocidad y solo demoráramos un año en recorrer la galaxia, con una tecnología de viajes espaciales que durara 5000 años, podríamos viajar de un extremo al otro 5000 veces. Si, en cambio, una tecnología viajara al 10% de la velocidad de la luz, y la estructura inteligente tuviera 5000 millones de años, también recorreríamos la galaxia 5000 veces. Entonces, la operatividad inteligente sería la misma en los dos casos.

La existencia de formas estables de tecnología es, en cierto modo, equivalente a superar la cota de velocidad.

¿Pero tiene sentido pensar en formas estables de tecnología de 5000 millones de años de duración si nuestro mundo solo tiene 4550, nuestra especie tiene 200.000 años y nuestra tecnología espacial menos de 100? Es una buena pregunta, pero tanto la forma de una tecnología estable como las evidencias que dejaría, son tema para otra discusión.

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[1] Si extrapolamos los tiempos evolutivos terrestres hasta el momento en que nacieron los primeros mundos con carbono, la tecnología de los viajes espaciales ya sería posible unos 8000 millones de años después del Big Bang. En un universo de 13800 millones de años, eso nos deja unos 5800 millones de tecnología especial.
https://elpais.com/elpais/2018/10/23/ciencia/1540309489_790251.html

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jueves, 7 de enero de 2021

¿Natural o artificial?


 
Todos podemos diferenciar objetos naturales de artificiales. Un árbol, una flor, un río, un gato y un bebé, son naturales, en cambio, un tren, un lápiz, un semáforo, una silla y un teléfono inteligente son artificiales. Cualquiera podría pensar que la diferencia está en el objeto, de modo que sería muy sencillo definir las características que hacen que un objeto sea natural o artificial. Pero es más complicado de lo que parece.
 
Supongamos que nuestra tecnología continúa evolucionando durante, digamos, 10.000 años. Es imposible imaginar las cosas que podríamos hacer, pero hagamos un esfuerzo.

Luego de evolucionar 10.000 años, nuestra tecnología pudo hacer una abeja. Nada del otro mundo ¿verdad? De hecho, nuestra abeja es idéntica a las abejas naturales. Si bien fue difícil de reproducir, no había nada allí lo suficientemente místico para que una tecnología avanzada pudiera fabricarlo. Primero hubo que entender el vuelo, luego la decisión de volar, el soporte físico de las decisiones, las neuronas, las células, los ribosomas, la replicación celular, la estructura tridimensional de las proteínas. Todo muy complejo pero nada imposible para una tecnología que pudiera comprender y reproducir cada fenómeno.

Tenemos, entonces, dos abejas idénticas, una natural y la otra artificial. Es evidente que el carácter natural o artificial no está en los objetos sino en su procedencia. Un objeto es natural cuando procede de la naturaleza y es artificial cuando fue construido por una tecnología avanzada. Las características de un objeto no son evidencia de que sea natural y no artificial. No existe nada natural que una tecnología suficientemente compleja no pueda reproducir

La mayoría de las cosas que fabricamos, no tienen por objetivo parecerse a la naturaleza, sin embargo, si quisiéramos fabricar un organismo vivo, como la abeja, nos encontraríamos en apuros. No tenemos la tecnología para fabricar una abeja. Conforme la tecnología avanza, algunas de las cosas que puede hacer comienzan a parecerse a los objetos naturales. Si una tecnología fuera suficientemente avanzada algunas de las cosas que podría construir serían idénticas a la naturaleza.

Existe una simetría central. La naturaleza no puede construir un rascacielos pero la tecnología que construye rascacielos sí podría evolucionar hasta producir cosas idénticas a las naturales.
 
Una célula viviente artificial sería todavía más difícil de imaginar. ¿Serían artificiales también las células hijas? ¿Y las hijas de las hijas de las hijas? Cien mil años después ya no sabríamos si hubo un ancestro artificial.


Si nuestra célula artificial evoluciona y produce una musaraña cien millones de años después, ¿la musaraña es artificial o natural?. Y si la misma tecnología de la célula inicial modifica el ADN de la musaraña para que pueda comer las hojas de un arbusto nuevo, que antes no comía, ¿la musaraña mutante es artificial o natural?. Y si luego de otros cien millones de años evoluciona un mamífero arborícola a partir de la musaraña artificialmente modificada, ¿este mamífero es natural o artificial?

En la Tierra, no hay evidencias de que longevas formas tecnológicas hayan intervenido en los procesos evolutivos; aunque, claro, tampoco hay evidencias de que todos los fenómenos complejos sean naturales. No se trata de que no existan objetos que lo pongan en evidencia. El problema es más profundo. Los objetos no son evidencia de su carácter natural o artificial. Y los procesos que los construyeron se funden en una maraña donde lo natural y lo artificial se desdibujan.

A veces la incertidumbre es mejor que una certeza equivocada.

domingo, 25 de octubre de 2020

2020 - 2030 Una década difícil




Describiendo el bosque


Es fácil reconocer que la humanidad está creciendo. En los últimos 50 años la población se duplicó y la tecnología creció, incrementando vertiginosamente nuestra capacidad de modificar el entorno. Cualquier descripción de nuestro pasado debe incluir la aceleración de nuestro crecimiento; la población ha explotado y todos los fenómenos asociados han explotado también. Pero conocer la forma de ese crecimiento no es lo mismo que ser conscientes de su intensidad.


Nuestra especie existe desde hace tal vez 200.000 años, pero antes del año 2000 nunca habíamos sido más de 250 millones de personas. En el último 1% del eje temporal crecimos más de 30 veces hasta llegar a los 7800 millones actuales. Si graficamos la evolución de nuestra población sin alterar las escalas ni cortar los ejes, podemos ver el fenómeno real, tal como está ocurriendo: una parte plana el 99% del eje horizontal y un abrupto crecimiento durante el último 1% de la curva.


Si fotografiamos la explosión de una bomba una fracción de segundo después del estallido, veríamos la carcasa desgarrada alejándose de un centro común, tal vez a 20 centímentros una parte de la otra; y veríamos los detritos de la explosión como una nube dispersa alrededor. Pero una foto no es una película; veríamos un estado, pero no veríamos la explosión.

Lo mismo ocurre con nuestra civilización. Estamos en medio de una explosión que ya lleva 2000 años, pero no la vemos porque solo vivimos 80, un tiempo demasiado breve para reconocer el estallido. Esta ceguera es grave porque nunca es bueno estar explotando y no saberlo.


Nuestra mirada general es el reconocimiento de esta vertiginosa explosión; pero nuestro objetivo no es el bosque sino el árbol; el presente y el futuro inmediato .


Las ramas del árbol


Si bien puede ser alucinante, estar explotando no nos dice mucho acerca del presente. El estallido ya lleva dos milenios ¿Por qué habría de pasar algo justo ahora? Hay acuerdo sobre la explosión pero no hay acuerdo sobre el presente. Algunos piensan que nada nos ocurrirá y que nos adaptaremos al cambio sin modificaciones importantes, y otros creen justamente lo contrario, que hay que cambiar todo para adaptarnos. En general, estos credos están alineados con el pensamiento político de cada persona y lo que debería ser un problema concreto se ha transformado en una discusión de ideologías.


Debemos aclarar entonces que los hechos no son ni marxistas ni liberales. Simplemente son. Y las respuestas basadas en los hechos son simplemente inevitables, no responden a ninguna ideología. Hablar de la ideología de los hechos es como hablar de la alegría del GPS o la temperatura de la inteligencia artificial.


La Tierra tiene 50.000 millones de hectáreas de las cuales la mayoría es agua. Digamos que hay 15.000 millones de hectáreas de tierra firme. Somos 7.500 millones de seres humanos, de modo que tenemos unas 2 hectáreas por persona. En realidad la cuenta da 1,8 hectáreas, porque somos más de 7500 millones y porque hay tierra firme hundida bajo kilómetros de hielo. Hace una vida humana, teníamos más de 7 hectáreas y ahora tenemos 1,8. Si la cantidad de personas se cuadruplicó, las hectáreas por persona se dividieron por cuatro. 



Pero si la cantidad de hectáreas por persona se está reduciendo  tan rápido, entonces tiene sentido preguntar si todavía alcanzan. No es una pregunta verde ecologista socialista marxista leninista; es una pregunta obvia y crucial: ¿Estamos utilizando más de lo que el mundo produce o tenemos mucho tiempo aún para evitar el déficit?. Para responder esta pregunta debemos traducir nuestro impacto ecológico en hectáreas y luego compararlas con 1,8. ¿Cuánta superficie usamos para cultivar lo que comemos en un año, más lo que comen los animales que nos comemos, más la tierra necesaria para su pastoreo, más la superficie que se necesita para limpiar el aire que ensuciamos cuando fabricamos energía, más el área necesaria para limpiar el agua que usamos, más el área necesaria para digerir los residuos que generamos, más el área para nuestras ciudades y pueblos y rutas, etc. todo en un año?


El algoritmo para traducir nuestro impacto ecológico en hectáreas anuales fue ideado en 1995 por Wackernagel y Rees. Este es el cálculo de la huella ecológica y es una cota inferior del área que usamos. Es imposible contar todo; las hectáreas que consumimos por año son como mínimo las que resultan del cálculo y muy probablemente mayores. 


El cálculo de la huella ecológica revela dos hechos aproximados:


  1. El humano promedio utiliza 2,7 hectáreas por año y tiene solo 1,8, luego, estamos en déficit.

  2. El déficit ecológico se configuró en la década de los '80 y de allí en adelante nunca hemos dejado de ser deficitarios.


Respecto a lo primero, ya se ha dicho mucho. La única forma de usar más de lo que hay es gastando al mundo. El año que viene habrá un poquito menos de diversidad biológica, un poquito más de temperatura y un poquito más de plástico en el mar. El déficit genera degradaciones. Todos los déficit son insostenibles a largo plazo; la civilización está en déficit, luego, la civilización es insostenible.


Lo segundo es más interesante. Supongamos que usted aparece con un cesto grande para tirar la basura que generó este año y se encuentra que la tierra todavía no digirió todo lo que usted mismo arrojó el año pasado. Allí están aún las bolsitas de nylon, las botellas de plástico y el celofán de los empaques. Naturalmente, usted arroja su nueva carga y se va. Pero si usted hace lo mismo todos los años, se forma una montañita, y la altura de la montañita es mayor cuanto más años pase haciendo lo mismo. Esto es lo que ocurre con todas las degradaciones. Gastar el mundo es acumular degradaciones, y hacerlo durante mucho tiempo es aumentar las chances de que las montañitas de degradaciones se nos caigan en la cabeza. El punto 2 es interesante porque nos dice que el déficit ya lleva unas décadas y que las montañitas ya podrían estar crecidas.


Para saber si la acumulación de degradaciones resulta suficientemente crítica debemos medir el fenómeno; no es correcto afirmar nada sin medir. Pero medir no es fácil. Para saber si los glaciares avanzan o retroceden, muchos geólogos tienen que pasar muchos días en el frío, durmiendo en carpas, midiendo el hielo. Para saber si la biodiversidad se está reduciendo se deben medir las poblaciones de muchas especies y compararlas con el número anterior. Pero para contar a los elefantes, algunos especialistas tienen que vivir unos cuantos años  en la selva, montando campamentos, padeciendo picaduras de arañas y mordeduras de serpientes y soles intensos sobre sus cabezas. Y luego otros tienen que contar a las jirafas y los castores y los alerces y las coníferas. Muchos especialistas, mucho tiempo. Y luego hay que compilar la información, y sacar lo que no sirve y lo que no es seguro y realizar estadísticas con el resto y decir las cosas con mucho cuidado. Y si luego de esta gesta resulta que estamos alterando a la naturaleza con nuestras actividades y reduciendo peligrosamente la biodiversidad, debemos escuchar, porque no ha sido fácil recabar información y transmitir el mensaje. (IPBES 2019)


Pero la situación se torna interesante cuando es posible detectar las comsecuencias sin medir tanto. La pandemia de coronavirus es una consecuencia del déficit ecológico, es un modo como esas montañitas comienzan a caer sobre nosotros. Y no es una consecuencia menor, se nos metió en las entrañas, nos puso un barbijo en la boca nos obligó a un protocolo y ya ha causado daños económicos graves, aumentando la pobreza y el desempleo a nivel mundial.


Todo parece indicar que la pandemia no es la única consecuencia del déficit ecológico sino solo la primera; el cambio climático, por ejemplo, es otra de las consecuencias que se está visibilizando. Hace unas décadas solo veíamos conferencias  de partes aquí y allá donde se evaluaban modelos climáticos y predicciones en diferentes escenarios, que decían que el mundo se iba a calentar. Ahora las predicciones se transforman en consecuencias y ya nos entran por los ojos.



2020: Un cambio sutil


Amanecimos en 2020 viendo como se incendia Australia, como se incendia el Amazonas, como se incendia California o como se derriten las ciudades del ártico. En esta década que arranca, un cambio sutil pero absoluto comienza a perfilarse. Las montañitas de degradaciones comienzan a desmoronarse sobre nosotros. Seguimos siendo los responsables del déficit ecológico pero ahora, además, padecemos sus consecuencias. Ya no se trata de meras predicciones; ahora tenemos ante nuestros ojos las consecuencias de las predicciones. 


La década que comienza en 2020 es ya el tiempo en que conviven el déficit y las consecuencias del déficit. ¿De qué modo se transformarán en hechos esas consecuencias?. Solo podemos deducir que veremos fenómenos meteorológicos cada vez más extremos, consecuencias ecológicas cada vez más graves y una economía cada vez más afectada. A partir de 2020, empezaremos a ver la película con nuestros propios ojos y, como siempre ocurre en estos casos, la experiencia propia nos enseñará más que las predicciones ajenas.


Afortunadamente, el tiempo de las consecuencias es también el tiempo de las soluciones. Pero esa es otra historia.


sábado, 6 de junio de 2020

UTOPÍAS VERDADERAS

Dado que estas cosas deben ocurrir tarde o temprano; que no podremos enderezar nuestro déficit ecológico de una manera estable sin que ocurran y que no es la primera vez que predigo en las sombras cosas que luego ocurren a la vista de todos; voy a decir lo que pienso, tal como lo pienso, aunque parezca utópico.


Los estados nacionales no existen. No es una fantasía pensar que no existen. Es una fantasía pensar que existen. Las líneas que dividen a las naciones son imaginarias, solo están en nuestra mente porque así nos han enseñado de niños. No hay ninguna raya entre Argentina y Chile. Además de ser imaginarias, son rayas fugaces porque no estaban allí hace 500 años, mientras nuestra especie tiene 200.000 y el género humano unos dos millones y medio de años.
El mundo es estable porque existe; las fronteras nacionales son inestables porque no existen.
Además de ser un credo, imaginar estados nacionales resulta muy incómodo. Todos los aspectos que hacen perdurable a nuestro mundo deben ser acordados entre los estados nacionales. Acordamos no usar armas de destrucción masiva, pero las seguimos desarrollando; acordamos reducir las emisiones de CO2 pero lo seguimos emitiendo; acordamos limitar el plástico circulante pero no hemos hecho nada para lograr el acuerdo. Las partes son imaginarias; los acuerdos entre las partes son inestables y mientras duran, no se cumplen.
Para poder avanzar hacia un mundo estable y perdurable, necesitamos reconocer el carácter imaginario de los estados nacionales.

Como no existen los estados nacionales, no existen las nacionalidades. Hay una sola especie tecnológica y una sola raza. Nuestras diferencias son solo variaciones dentro de la misma raza de la misma especie. La discriminación racial es absurda porque no existen las razas. Desde el punto de vista científico, solo existe la raza humana. Todo lo demás es un invento.
Para poder avanzar hacia un mundo estable y perdurable, necesitamos reconocer el carácter imaginario de los nacionalismos.

La economía privada no es sustentable
El déficit ecológico es una de las razones por las cuales no somos sustentables, y la economía privada es el principal obstáculo para resolver el déficit ecológico. Nos damos cuenta cuando intentamos resolverlo. No podemos reducir las emisiones de CO2 porque existen intereses económicos que lo impiden. No podemos abandonar el consumo de plásticos porque existen intereses económicos que lo impiden; no podemos reducir el consumo de agrotóxicos porque existen intereses económicos que lo impiden. No pensemos en grandes corporaciones, estos intereses a veces son los suyos y los míos.
La naturaleza nos fuerza a desarrollar tecnología para ser más eficientes, para hacer lo mismo utilizando menos recursos, pero la economía privada utiliza a la tecnología para ser más rentables. Sería maravilloso que un mundo más rentable fuera también más perdurable, pero esto no es así. La pugna tecnológica por la rentabilidad impulsa el crecimiento. Pero el crecimiento nos está matando al ser responsable del déficit ecológico. No podemos utilizar un mundo y medio cuando solo tenemos uno. Debemos usar medio. Necesitamos tecnología para ser más eficientes y la economía privada financia tecnología para ser más rentables.
La economía privada sostiene un mundo rentable pero fugaz. Cuando su fugacidad se haga notar, dejará de funcionar como un auto viejo.

Existen muchos individuos que tendrán dificultades para adaptarse al abandono de la economía privada; pero no existe ninguna adaptación estable que viole la libertad individual. O bien la humanidad adopta libremente un modelo económico que no se soporte en la rentabilidad privada o bien abraza libremente un modelo no sustentable. Nada impuesto será estable. La libertad de los individuos es una condición necesaria para la perdurabilidad




lunes, 1 de junio de 2020

En las entrañas de la huella ecológica

Según Wikipedia,  la Tierra tiene, en números redondos, una superficie de 510.000.000 km2, de los cuales 149.000.000 km2 son tierra firme. Se trata de unos 14.900 millones de hectáreas de superficie. Como existen al 2020 unos 7900.000.000 humanos, nos quedan unas 1,89 hectáreas para cada uno. Pero teniendo en cuenta que parte de la tierra firme son hielos eternos o desiertos, podríamos dejar el cálculo en unas 1,8 hectáreas por persona.

Una hectárea es una manzana, 100 metros por 100 metros, de modo que estamos hablando de menos de dos manzanas por persona. Son unos 18000 metros cuadrados.

Eso quiere decir que el mundo dispone para usted de 1,8 hectáreas. Esa superficie, como máximo, debería ser su huella ecológica. Todo lo que usted haga tiene que estar dentro de esa superficie.

-Bueno, 18000  mes mucho ¡Todos para mí! ¡Ja!. Para comida utilizaremos 100 m2 o 200 m2, no sé.
-¿100 o 200 qué? Usted consume más de un kilo de vegetales por día, pongamos unos 500 kilos por año, entonces usted necesita superficie para producir esa media tonelada. 100 m2 no le alcanzan ni para empezar. 
-Tiene razón. ¿Media hectárea? No sé. Habrá que hacer la cuenta.
-¿Y la carne?
-Cómo "la carne"...
-Sí. ¿Usted no come carne?
-Si, pero...
-Pescado, pollo, vaca, cerdo, cordero.
-Bueno, sí, como carne 
-¿Cuántas hectáreas utiliza?
-No sé...
-¡Haga la cuenta! Olvidemos al pollo y al pescado. Supongamos que usted solo come vaca, entonces 100 kilos por año son un quinto de vaca. Si una vaca ocupa dos hectáreas; tenemos un décimo de hectárea para la carne
-Ah...
-Unos 1000 metros cuadrados
-¿La carne también es superficie?
-Todo es superficie. Ya lleva como 6000 metros cuadrados y recién contamos la comida.
-¡Bueno, tengo 18000! ¿Qué más hay que contar?
-¡Falta todo! Por ejemplo, el agua.
-Pero si yo tomo dos litros por día. A lo sumo 3.
-¿Y no se baña, no lava la ropa, los platos, no riega las plantitas? ¿Cuántos litros consume por día? 
-Ah. ¿Todo eso hay que contar?
-200 litros por día son unos 80000 litros por año. ¿Cuántos metros cuadrados son? A usted le quedan 12000.
-Ni idea. ¿Esos también son metros...?
-Todo. ¿Y la energía?
-¡¿La energía también es superficie?! Pero si yo prendo dos lamparitas...
-¿Y esos lentes que usa, de donde son?
-¡Ja! ¿Vió? El armazón es de titanio, catanio y stronzio, o algo así. Es italiano.
-Para traerlo de Italia hasta acá hubo que usar un barco que consumió energía, parte de la cual está en los lentes.
-No entiendo...
-El 85% de la energía que usamos proviene de quemar combustibles fósiles y emitir CO2 a la atmósfera. El CO2 es absorbido por los bosques, básicamente. ¿Qué área de bosque necesitamos para absorber el COque se emite para fabricar la energía que usted usa?
-(glup) Ni idea.
-Mucho. Y todavía no contamos los residuos
-¿Qué residuos? Si yo casi no hago basura...
-¿Cuántas bolsas de residuo tira?
-Ah, las bolsitas... Tiraremos una por día. Pero mire, yo ya sé por donde viene usted. Las entierro en el fondo y listo. Una bolsita por metro cuadrado son 365 mpor día...
-¿Y qué tira en las bolsitas?
-¿Cómo?
-Sí, ¿qué tira?
-No sé. Nunca abrí una bolsita para mirar... Irán cascaras de papa, bolsitas de fideos, botellitas de aceite vacías, latas de paté, sobres de mayonesa... ¿Qúe se yo.?
-Necesita mucha superficie. Si usted entierra una bolsa por metro cuadrado y la bolsa tiene una botella de plástico, necesita esperar 100 años para que se degrade o usar 100 m2. Pero 100 m2 por bolsa son 36.500 m2 por año. y usted solo tiene 18.000.
-Perop... ¿Y entonces como hacemos?
-Fácil, acumulamos degradaciones para el año que viene.
-Pero... ¿Y el año que viene?
-Acumulamos para el otro
-No me cierra...
-Tranquilo hombre. A nadie le cierra.



lunes, 30 de diciembre de 2019

La inestabilidad típica



Nuestra civilización es inestable.  Si midiéramos la probabilidad de que la civilización se extinga[1] durante el siguiente siglo, entonces esta probabilidad es hoy mayor que hace miles de años atrás.

Esto es muy curioso porque la civilización actual ha mejorado todos los números. La esperanza de vida mejoró, los nacimientos exitosos mejoraron, el estándar de vida mejoró, la pobreza disminuyó, la producción de alimentos aumentó. ¿Por qué decimos que ahora sus probabilidades de extinguirse son mayores que antes?

Si revisamos un poco nos damos cuenta del problema. En el pasado,  2.000 o 3.000 años atrás, las posibilidades de que nuestra civilización se extinga durante el siguiente siglo dependían casi exclusivamente de la colisión de un gran meteorito contra la Tierra. En el presente, el evento es el mismo, las posibilidades de que ocurra son más o menos las mismas, pero se ha agregado un episodio nuevo muy negro, que ahora está y antes no estaba: La detonación de todo el armamento nuclear existente.

Al respecto hay varias cosas que decir.
1. Si se detonan todas las armas nucleares, se extingue la civilización. Esto se mostró en varios artículos, viendo el modo como se comportaba el clima en dicho escenario.
2. La probabilidad de que todo el armamento detone en el siguiente siglo, es mayor que la probabilidad de que caiga un meteorito en el siguiente siglo y extinga la civilización. Y la probabilidad de que ocurra una cosa o la otra, es aún mayor. Esa es la probabilidad actual.
3. La probabilidad de detonación de armas nucleares aumenta con el tiempo: La probabilidad de que aparezca un loco es menor en 100 años que en 200 y aún menor que en 500. En 1.000 años, la probabilidad es alta.
4. La cantidad de armas nucleares tiende a aumentar con el tiempo y la cantidad de países con armas nucleares también tiende a aumentar.
5. Los tratados de no proliferación son inestables: Los actores más peligrosos se pueden ir del acuerdo en muy poco tiempo.


Es un hecho consistente (aunque no evidente) que nuestra civilización está atravesando en la actualidad un período inestable. Pero ¿qué es lo que genera esa inestabilidad?
La respuesta es simple: La tecnología. Lo que existe ahora y no existía antes es nuestro conocimiento y nuestra capacidad para arrancar la energía de los átomos. Y este conocimiento nuevo genera una responsabilidad y un cuidado nuevos que aun no hemos construido. La inestabilidad la genera esta simbiosis entre la civilización y su tecnología.

La pregunta no es ingenua, como lo demuestra esta otra: ¿Es este choque un fenómeno especial de nuestra civilización o es común a todas las civilizaciones inteligentes cuya evolución imaginemos? ¿Debemos esperar que todas las civilizaciones  desarrollen tecnología hasta tener que adaptarse a ella en algún punto?

Si la respuesta fuera afirmativa, entonces estaríamos frente a una inestabilidad presente en la historia evolutiva de toda civilización que no se extinga frente a ella. Entonces, todas las civilizaciones tecnológicas ya estabilizadas tendrían rasgos en común, como por ejemplo, el conocimiento para arrancar energía de los átomos, entre muchos otros.

Pero además, si una civilización se adapta a sí misma y logra perdurar unos miles de años después de la adaptación ¿Qué cosas podrían matarla en el futuro? ¿Cuál sería su longevidad?
Siempre quedan preguntas por responder.




[1] La extinción de la civilización (con supervivencia de la especie inteligente) debe definirse con cuidado. Implica al menos una dramática reducción de la población y el conocimiento.

La IA y el germen del descontrol

  Es posible encerrar una mosca en la mano sin matarla y sentir sus intentos por salir. Si abriéramos la mano, la mosca escaparía, incluso s...