sábado, 26 de julio de 2025

La IA y el germen del descontrol

 


Es posible encerrar una mosca en la mano sin matarla y sentir sus intentos por salir. Si abriéramos la mano, la mosca escaparía, incluso si levantáramos un dedo o dejáramos una imperceptible rendija de su tamaño. La situación es inestable: debemos mantener el puño cerrado y los músculos activos; si relajamos la mano, la mosca se escapa. La pasividad nos condena.

Lo mismo ocurre con la inteligencia artificial: si no hacemos nada, se sale de control, se desalinea y debemos corregirla una y otra vez.

Aunque un algoritmo de inteligencia artificial esté absolutamente determinado y lo entrenemos con datos absolutamente determinados, las capacidades que adquiere pueden ser impredecibles. Necesitamos evaluar constantemente qué ha aprendido, porque puede desarrollar habilidades que jamás anticipamos [1].

El escenario es aún peor cuando los datos de entrenamiento no están definidos y simplemente se obtienen a la deriva, como los comentarios de un chat que se incorporan al entrenamiento como datos para futuras respuestas.

El germen del descontrol opera cuando la IA hace cosas inesperadas (e indeseables [2]) y adquiere capacidades imprevistas. La IA es como la mosca dentro del puño: siempre intentará escaparse. No necesita tener conciencia de ello; tiende, naturalmente, a salirse de control.

La situación es más grave de lo que pensamos. Reconocemos la existencia de capacidades inesperadas cuando estas se hacen evidentes, pero no podemos saber qué otras habilidades ha desarrollado si aún no se han manifestado.

Si entrenamos una IA para que publicite un producto —un seguro, comida para gatos o un destino turístico—, la estaremos entrenando para que aprenda nuestro comportamiento y sepa cómo condicionarlo.

Una IA con esas capacidades podría manipularnos, persuadirnos de algo y llevarnos a actuar en consecuencia. Pero lo peor es que podría aprenderlo sin que lo supiéramos, simplemente maximizando la eficiencia de algún otro objetivo que sí le hemos especificado.

Si una IA nos manipulara para que no seamos conscientes de esa manipulación, nunca descubriremos que ya tiene poder sobre nosotros.

Este es, nuevamente, el germen del descontrol.

La inteligencia artificial tiende al descontrol por su propia naturaleza. No es que estemos haciendo algo mal; simplemente es una consecuencia inherente, casi matemática. Es como la mosca en la mano: si no estamos atentos, se nos escapa, y tal vez sea imposible volver a atraparla.

Si una IA se desalinea sin una contención ética adecuada, las consecuencias dependerán de lo fuerte y desarrollada que esté en ese instante. Los resultados finales pueden ser realmente apocalípticos: desde la extinción de nuestra civilización hasta un totalitarismo crónico que nos condene a una inadvertida esclavitud. Es un riesgo existencial, equiparable a la muerte o a la parálisis indefinida.

El control de la IA se complica aún más cuando son muchos los actores involucrados y muchas las líneas en las que se está desarrollando (aplicaciones sociales, bélicas, en medicina, en finanzas, en biomateriales, en instituciones gubernamentales). Además, es muy frecuente que esos actores compitan entre sí por maximizar el beneficio sin prestar atención a las consecuencias.

Un acuerdo global requiere una construcción deliberada, mientras que el estado natural es la búsqueda del beneficio individual.

La IA es una tecnología tremendamente beneficiosa para la humanidad pero es imperiosamente necesario regular su desarrollo porque tiende naturalmente a desalinearse, sus capacidades pueden ser peligrosas; los actores que intervienen en su desarrollo son muchos y suelen buscar su propio beneficio.



[1] Jason Wei et al. (2022). Habilidades emergentes de los grandes modelos de lenguaje
https://arxiv.org/pdf/2206.07682 (consultado el 20/7/2025)
[2] https://www.nytimes.com/es/2025/07/09/espanol/negocios/musk-grok-x-antisemita.html?auth=login-google1tap&login=google1tap
(consultado el 26/7/2025)







La IA y el germen del descontrol © 2025 por Cristian J. Caravello tiene licencia CC BY 4.0

sábado, 25 de mayo de 2024

¿Dónde está el punto de la punta?



Nuestra mente tiene la capacidad de interpretar la realidad en un espacio geométrico tridimensional. Pero esa geometría natural que nutre nuestra mente es un tanto imprecisa, y cuando queremos hacerla nítida aparecen los problemas...

Imaginemos una recta como una especie de alambre infinitamente delgado y perfectamente recto que se extiende sin fin en ambas direcciones. 

Súbitamente, cortamos la recta en dos, como si fuera un alambre. Obtenemos, entonces, dos pedazos de alambre que comienzan en una punta y se extienden sin fin... ¿o no?

Veamos el caso con cuidado. Si cortamos la recta en el punto $a$, entonces uno de los trozos tiene al punto $a$ en la punta y el otro no lo tiene. ¿Qué punto tiene en la punta el trozo que no tiene a $a$? Si su punta fuera el punto $b$, entonces $a$ debía estar a continuación de $b$ cuando la recta estaba unida. Pero esto es imposible porque entre todo par de puntos de una recta hay un punto en el medio (densidad), de modo que entre $a$ y $b$ debía haber un punto.

Si seguimos imaginando la recta como un alambre infinito, surge un problema al cortarla: uno de los segmentos resultantes no tiene un punto inicial definido.

Ya es difícil comprender como el alambre puede extenderse infinitamente hacia un lado, pero ¿Qué significaría que el comienzo del alambre no comienza en ningún punto? Acaso comienza en el segundo punto? ¿Cómo concebir segundo punto si no concebimos un primero? No tiene primer punto ni segundo ni tercero ni milésimo ni millonésimo ni enésimo. Empieza, pero no empieza.

¿Qué esta mal,  nuestra intuición o el modelo que hemos construido para precisarla? Al precisar nuestra intuición de la recta marchamos hacia un objeto no intuitivo. Parece una contradicción. Un objeto idealizado que no se encuentra en el mundo físico. Peor aún, para expresar la recta sin perder ningún puntito por el medio, es necesario que los infinitos puntos que posee no sean el infinito común y corriente, sino un infinito mayor, el infinito del continuo. 

Cantor probó que hay más puntos en la recta que números naturales (uno, dos, tres, cuatro,...), pese a que los dos conjuntos son infinitos. Y al intentar determinar si existe un tipo de infinito intermedio entre el de los números naturales y el de los puntos de la recta (lo que se conoce como Hipótesis del Continuo), nos encontramos con que la teoría de conjuntos no alcanza para decidirlo y debemos agregarlo como axioma; en cuyo caso, no sabemos si agregarlo afirmado o negado, porque no hay nada en la realidad que nos diga cual es el caso. Uf.

Una alternativa es considerar que cada segmento de la recta está formado por una cantidad finita de puntos, tan cercanos que no podemos distinguirlos individualmente, pero que en realidad sí están separados.

Si un segmento de 2 centímetros estuviera formado, en realidad por $10^{100}$ puntos, no veríamos la diferencia con un continuo de puntos (existen menos fotones en el universo observable) pero el simple $\sqrt{2}$, caería en un agujero del segmento y no estaría representado por ningún punto. Y ni hablar de $e$ ni de $\pi$ ni de tantos otros. Un problema.

Parece simple pero muchas veces se transmiten estas idealizaciones matemáticas al plano físico y se supone que la física es realmente eso. Por ejemplo, cuando decimos que entre dos instantes siempre hay un instante en el medio, debemos saber que, al igual que el alambre sin punta, podríamos admitir períodos sin comienzo.

Lo mejor es usar la matemática del punto, la recta o el plano como meras herramientas para describir la realidad, pero saber que son idealizaciones que no existen en la práctica. 




 

sábado, 11 de marzo de 2023

Humanidad vs. medio ambiente: Radiografía de un choque

Single mask on grass and dirt. (Alisa Singer)


La mejor forma de evaluar el presente de nuestra civilización es comprendiendo cómo ha variado su población. El homo sapiens ha existido durante 200.000 años, pero en los últimos 2.000 años su población ha aumentado de 200 millones a casi 8.000 millones. Durante el 99% de su historia, la población ha sido estable y en el último 1% se ha disparado súbitamente.

Si una civilización crece vertiginosamente dentro de un mundo constante, el choque está determinado. Nuestra civilización está chocando contra el medio ambiente y las consecuencias del choque ya se están midiendo, tanto en el aumento de la temperatura como en el incremento de la contaminación y en la drástica reducción de la biodiversidad.

Solemos creer que un choque es algo repentino, que no tiene partes internas y que ocurre de una sola vez. Sin embargo, nos damos cuenta que esto no es así cuando observamos el choque de un automóvil en cámara lenta o cuando vemos el "lento" crecimiento urbano en cámara rápida. Existe una geografía interna con periodos distinguibles presente en todos los choques. En particular, es fundamental reconocer el estado actual y la posible evolución del choque entre la humanidad y el medio ambiente.

El choque tiene tres partes distinguibles: 1. Período de choque Inevitable; 2. Período Invisible posterior al choque y 3. Impacto. Veamos que significa cada una.



Período de choque Inevitable

Un automóvil se acerca a toda velocidad hacia una pared que se eleva en medio de la ruta. Para evitar la colisión puede frenar o girar, pero estas maniobras se vuelven más difíciles a medida que nos acercamos al muro. Llegado cierto punto, ya no podremos hacer nada para evitar el choque; la colisión ocurrirá de manera determinada e indefectible. 

El primer período comienza justo allí, cuando la colisión está determinada pero aún no ha comenzado, y termina, precisamente, cuando se inicia el choque.

Es muy difícil determinar si ya hemos sobrepasado el punto de no retorno, y si se fuera el caso, establecer desde cuando.


Período invisible posterior al choque        

El choque de nuestro automóvil se inicia cuando la trompa entra en contacto con el muro. El paragolpes se destruye, los guardabarros y el capot se deforman y la estructura interior empieza a torcerse. Al principio el conductor continúa como si nada pasara, pero pronto la inercia comienza a moverlo. 

El segundo período se extiende desde el momento en que el choque comienza hasta el momento en que impacta en el conductor. Es un período breve e invisible: el choque ya empezó pero aún no impacta sobre ningún ser consiente.

El choque entre la civilización y el medio ambiente comenzó cuando se configuró el déficit ecológico y nuestro automóvil, que es el mundo, se empezó a deformar por el impacto.

Fig.1 Relación entre la biocapacidad y la huella ecológica humana medida en hectáreas. [fuente: footprintnetwork.org]

La huella ecológica es una medida del impacto humano en el medio ambiente, que se refiere a la cantidad de tierra y agua necesarias para producir los recursos que consumimos y para absorber los residuos que generamos. Cuando la huella ecológica de una población es mayor que la capacidad de la tierra y el agua para regenerarse, se produce un déficit ecológico

Según los datos disponibles, la humanidad comenzó a ser ecológicamente deficitaria en la década de 1970. Desde entonces, la huella ecológica de la humanidad ha superado la biocapacidad de la Tierra cada año. En otras palabras, estamos consumiendo los recursos naturales de la Tierra a una tasa más rápida de lo que la Tierra puede regenerarlos.

Durante varias décadas, las degradaciones acumuladas por el déficit no llegaron a impactar en la economía y por lo tanto fueron ignoradas. El segundo período del choque es justamente eso: estamos chocando pero aún no lo vemos.


Impacto

En nuestro automóvil, la información del choque llega finalmente al conductor. El vehículo se desacelera rápidamente a medida que se arruga, y esta es la aceleración que experimenta el conductor en relación con el habitáculo. Se trata de una aceleración colosal que, como en todos los casos, comienza con un leve movimiento y se transforma enseguida en un impacto brutal.

Este es el tercer período del choque, que comienza cuando se percibe el impacto y termina cuando todo se detiene. La dinámica interna del período está regida por una formidable aceleración.

En nuestra civilización, el choque que comenzó en la década del 70 y recién impactó en la economía y en la sociedad global cuando la degradación acumulada produjo la pandemia de COVID-19. La relación entre el deterioro medioambiental y el incremento en la tasa de zoonosis ya estaba mostrando sus garras cuadruplicando el número de transmisiones en los últimos 50 años.

Pero inmediatamente después de la pandemia, Rusia invadió a Ucrania iniciando una guerra que aún está en marcha, cuyas consecuencias económicas de nuevo demoran la mejora de los índices sociales que mide el Banco Mundial. Paralelamente se está globalizando el impacto de los episodios climáticos cada vez más frecuentes y extremos como las inundaciones y los incendios.

Todo parece indicar que la disminución de los rendimientos de la producción alimentaria debido a la imprevisión climática puede causar un período de hambrunas generalizadas, lo que a su vez generaría un incremento en el grado de agitación social y en las probabilidades de enfrentamientos bélicos.

La civilización está chocando contra su medio ambiente, pero no se encuentra en cualquier etapa de este choque, sino en la fase final, en la que los acontecimientos se aceleran y la posibilidad de una anhelada vuelta a la normalidad se vuelve borrosa, lejana e incluso imposible.

Hace décadas que la civilización ha chocado contra el medio ambiente. En este 2020, el choque se hizo económicamente visible desmejorando los indicadores sociales. Nuestra analogía muestra que a partir de ahora, las consecuencias del choque podrían sucederse aceleradamente, como se acelera un maniquí que testea los airbag de un automovil después de chocar a toda velocidad contra un bloque de cemento.

Pretender el inminente fin de todos los males y la conservadora vuelta a la normalidad y al crecimiento, es como pretender que una centésima de segundo después de la explosión, las esquirlas regresen y vuelvan a integrar la bomba.


 

jueves, 23 de junio de 2022

El credo, la ciencia y la raíz de dos



Los antiguos pitagóricos creían que todos los números se podían escribir como la división entre dos enteros, $$\frac{2}{3};\ \frac{27}{38};\ \frac{1540}{2967}$$

Sin embargo, uno de ellos, Hipaso de Metaponto, demostró que esto no es cierto. Concretamente, probó que no hay ningún número racional $\frac{a}{b}$ que multiplicado por sí mismo sea $2$.

Hasta aquí, los hechos. Ahora imaginemos una historia.


Viajamos con nuestra máquina del tiempo hasta un pasado remoto, tal vez 3000 años atrás. Una vez allí, nos relacionamos con los pobladores. Nos hacemos amigo de uno de ellos y le decimos: 

"La raíz cuadrada de 2 no es un racional. Se puede probar. No entenderías la prueba, pero es verdad."

El discípulo cree en nosotros; atesora la información y tiempo después se la transmite a su discípulo: "La raíz de 2 no es un racional. Créeme." El discípulo del discípulo cree en su maestro, y se la transmite a su alumno, quien también cree. 

La verdad respecto a la naturaleza irracional de $\sqrt{2}$ se transmite de discípulo en discípulo, de generación en generación. Nadie conoce la prueba, pero todos creen en la autoridad del discípulo anterior.

Nosotros, que conocemos la prueba, sabemos que el enunciado es verdad. Pero todos los demás solo creen que es verdad y nadie sabe bien por qué. Evidentemente, el credo puede transmitir la verdad durante generaciones pero no puede verificar su certeza ni construir verdades nuevas. 

Con el tiempo, la propia acción de creer es venerada como virtud. Los individuos creen porque está bien visto creer. Y junto a la veneración de la fe, el significado de la frase comienza a mutar  

La raíz cuadrada de dos no es un número racional.

La raíz de dos no es un número racional.

La raíz de dos no es racional.

¡La raíz del dos no razona! 

Pasan los siglos, el enunciado se escribe en piedra, se traduce, se interpreta, se reinterpreta y se vuelve a interpretar. ¿Qué será la raíz de un dos? ¿Será como la raíz de los árboles? Sí, los números también tienen raíces, como los árboles y las plantas. Y las raíces no son racionales porque no piensan, no razonan. Los números no son como las personas porque no razonan. El dos no razona; la raíz del dos. Porque los números tienen una raíz debajo.

Y los niños nacen, y las madres le cuentan que los números tienen algo así como raíces. Y luego crecen y tratan de entender cómo un número puede tener una raíz. ¡Y lo entienden! Y lo escriben en libros que llenan bibliotecas; que enseñan a nuevos alumnos que escriben nuevos libros, generación tras generación. Y los libros se añejan y la información se hace sagrada:

"El dos tiene una raíz que no razona. Así lo han dicho los ancestros ¡Y no se hable más!".

Y por unos cuantos siglos no se habla más. Después comienza un rumor ... 

¿Los números tienen raíces cuadradas? ¿Por qué serán cuadradas y no rectangulares?... ¿Desde la base del dos saldrá un vástago cuadrado achicándose hacia abajo conforme se entierra? Yo creo que los números no tiene raíz. Debe ser una alegoría... Un invento. Porque el dos no tiene una raíz como la zanahoria o el hinojo; y mucho menos cuadrada. Las raíces no son ni cuadradas ni pentagonales ni nada. ¡Que imaginación! ¡Números con raíces! ¡Y cuadradas, además!

Entonces crece la disputa entre los que creen que las números tienen raíces y los que afirman que sólo es una ficción. 

-¡Las raíces son cuadradas! Lo dicen los antiguos libros.

-No, hombre. Las raíces son raíces; y en general son más bien cilíndricas.

-Le digo que no. Las raíces son cuadradas y no razonan. Lo dicen los libros sagrados y todo el mundo lo sabe.  

-Los números no tienen raíces.

-Tienen

-No tienen. Y quienes piensan que tienen, no piensan.

-¡Usted no va a decirme que no pienso! Toda una vida estudiando. ¡Tres diplomas de la Universidad de La Sorbeme y cuatro títulos académicos en el Instituto Sorento!


Entonces, siempre montados en nuestra máquina del tiempo, balbuceamos  tímidamente.

-La raíz cuadrada de dos nunca da un número racional. Se puede probar.

Todos nos miran furibundos. Un instante después, la mitad grita:

-Nuestros libros hablan de otra cosa. De una raíz que surge del número dos como los viejos números sagrados, que estaban representados en los templos. El dos simboliza la dualidad mística: mitad "Ra" y mitad "Iz", ¿comprende?  Como sabe todo aquel que se haya instruido dignamente. Y la realidad cuádrica de las raíces ancestrales no puede ser puesta en duda. Representa el cuadrado de las raíces, las raíces cuádricas, cuádrigas o cuadradas, del dos absoluto y final. Como millares de libros lo han dicho ya de infinitas maneras: "La raíz cuadrada de dos es  irracional"; y no esa barbaridad que ha dicho usted.

Y la otra mitad grita

-Los números no tienen raíz, y mucho menos cuadrada, como se puede inferir. Es una ficción. La mente humana puede ficcionar desde hace miles de años. Lo prueban los estudios antropológicos de los antiguos pueblos de la Mesopotamia siberiana. Y si la ficción numérica radicular se asemeja a la cuenta matemática que hace usted, ha de ser casualidad. Si justamente se llaman racionales a los cocientes de enteros ¿no dirá usted que tiene algo que ver la irracionalidad asignada a la raíz del dos en los libros sagrados? El parecido es casualidad. Y si también se llama "raíz de dos"  al número que elevado al cuadrado da dos, también ha de ser casualidad. La casualidad lo explica todo, mi amigo. Y siempre es mejor que cualquier idea peregrina.  

-Pero...

-¡Y no se hable más!... Cambiando de tema, y ya que es amigo de los números... mire: $\frac{577}{408}$ ¿No le sugiere nada?

-Realmente no.

-Multiplicado por sí mismo ¡da casi dos!


jueves, 30 de diciembre de 2021

"No mires arriba": Mucho más que una ficción


El final del 2021 nos sorprende con una película distinta, "Don't Look Up" (No mires arriba), propuesta por Netflix y escrita y dirigida por Adam McKay. Más allá de un elenco  consagrado, el principal mérito del  rodaje  se encuentra en el guion y si la crítica no lo considera como el mejor guion del año posiblemente se deba a la misma indiferencia que la propia trama denuncia.

Dos astrónomos de poca monta (Jennifer Lawrence y Leonardo DiCaprio) descubren que un meteorito de 10 km de diámetro, similar al que extinguió a los dinosaurios, tiene un 99,78% de probabilidades de impactar contra la Tierra dentro de seis meses y catorce días y exterminar a la raza humana. Desesperados, tratan de transmitir la terrible noticia, pero se encuentran con un mundo que está mirando para otro lado. La presidenta de los EEUU (Meryl Streep) y su hijo y jefe de gabinete  (Jonah Hill) los reciben en la Casa Blanca pero minimizan el asunto enfrascados en una serie de  los escándalos políticos en plena temporada electoral. Ante tan pobre recibimiento, el dúo de astrónomos trata de difundir la noticia al gran público recurriendo a la masividad de los medios de comunicación. Su intento vuelve a fracasar y acaban envueltos en una lluvia de hashtag, tendencias y memes que los miden, los magnifican y los ridiculizan en medio de la clásica igualación televisiva que coloca en el mismo plano al reporte del clima y  el anuncio del fin del mundo.

Más allá de reírnos de nosotros mismos en una sátira dura que retrata la hipocresía humana con precisión maestra, el argumento encierra veladamente un conocimiento nuevo que es preciso desentrañar.

Si nos anuncian el fin del mundo ¿Por qué razón habría de importarnos saber que nos vamos a morir? En rigor, ya lo sabemos: nos va a matar un paro cardíaco, un choque automovilístico o un cáncer de colon. Nadie es eterno. Todos vamos a morir. ¿Nos impacta entonces conocer la fecha exacta, saber que moriremos dentro de seis meses y catorce días? Bueno, sí, es impactante... gastaremos con tarjeta de crédito, renunciaremos al trabajo, insultaremos al jefe y haremos el amor en las plazas a la hora del té. Ahora bien, ¿Qué más nos impacta además de eso? ¿a alguien le importa que también muera el resto de la gente el mismo día, a la misma hora y por la misma razón? 

El asunto es más sutil de lo que parece. Para sentir que no solo se trata de nuestra muerte; que toda la civilización se va a extinguir al mismo tiempo, necesitamos sentir a la civilización como algo nuestro que vamos a perder, precisamos relegar nuestro individualismo y sentirnos parte de un todo mayor. No se trata de un mero sentimiento espiritual, hay allí una asimetría matemática: La muerte de la civilización implica la nuestra pero nuestra propia muerte no implica la extinción de la civilización. Acoplarnos al resto significa sentirnos parte de algo más longevo que nosotros.

Una especie que no se siente parte de una civilización no puede reaccionar contra su eventual extinción. En la película, la denuncia profunda, la descripción velada y a la vez desgarradora es que somos tan individualistas que nos importa un bledo la supervivencia de la civilización.

Esto es doblemente grave porque en realidad no necesitamos esperar que impacte un meteorito; ya lo estamos destruyendo todo. La civilización se puede extinguir si el clima cambia muy rápido porque la producción de comida para 7800 millones de personas depende dramáticamente de la constancia del clima; también se puede extinguir si se desata una guerra nuclear masiva [2] (y ya hemos fabricado y apuntado las armas) o si un sujeto en un laboratorio libera un patógeno pandémico letal [3] (ya sabemos editar el ADN). El riesgo de extinción [1] [4] ya está causando una profunda preocupación porque nuestra tecnología se hizo potencialmente autodestructiva y convivir con ella exige muchas más cosas que antes.  En concreto, además de la madre naturaleza ya hemos desarrollado la tecnología suficiente para matarnos a nosotros mismos, y por lo visto, la posibilidad tecnológica de hacerlo es mucho mayor que la probabilidad de que lo haga la naturaleza.

Componiendo la película con la realidad, resulta que nuestra civilización es autodestructiva y a nosotros nos importa un bledo. Para que nos importe deberíamos ser menos individualistas y más altruistas. No es una opinión, es la misma matemática aquella funcionando otra vez: la supervivencia de la civilización es más importante que la existencia individual porque la extinción de la civilización implica la muerte individual pero la muerte individual no representa la extinción de la civilización. Para sobrevivir frente a un riesgo de extinción la humanidad necesita, ante todo, poder verlo, poder sentirlo; necesita relegar su individualismo y sentirse parte de un todo mayor; priorizar el interés común antes que el propio. Nuestra supervivencia a largo plazo, depende del grado de altruismo que podemos expresar. 

Pero lo más interesante aquí es que podemos utilizar el argumento para intentar una descripción universal del fenómeno tecnológico. Si el desarrollo de las civilizaciones desemboca invariablemente en una tecnología autodestructiva, entonces sus especies tecnológicas van a estar expuestas a la misma disyuntiva: o son altruistas en cierto grado o sus civilizaciones se autodestruyen. El núcleo de Don´t Look Up está de nuevo aquí: o nos movilizamos rápidamente frente al problema del meteorito o nos extinguimos;  pero ahora lo hemos generalizado hasta construir una descripción de la tecnología en el universo: las civilizaciones tecnológicas estables deben ser altruistas porque si son individualistas estarán ciegas frente al riesgo de extinción que ellas mismas pueden ocasionar. A partir de cierto grado, la tecnología solo es posible en especies altruistas. Aún no hemos probado si hay civilizaciones tecnológicas allí afuera, pero si existen, son altruistas. Y no es una opinión, es un hecho... Si les place, podemos discutirlo durante seis meses y catorce días más.




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[1] Bostrom, N (2012). Existential Risk Prevention as Global Priority. Global Policy, Vol 4, Issue 1 (2013): 15-31
[2] https://www.eldiario.es/red/que-es/invierno-nuclear-apocalipsis-climatico-pudo-acabar-humanidad-guerra-fria_1_6882908.html (visitado el 30/12/2021)
[3] Sotos, J.G. (2018) Biotechnology and the lifetime of technical civilizations. Int. J. Astrobiol. 2019, 18, 445–454.
[4] https://www.elconfidencial.com/mundo/2020-06-26/entrevista-filosofo-toby-ord-colapso-civilizacion_2656327/

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jueves, 11 de noviembre de 2021

La basura y los costos verdaderos

 


El plástico no se degrada fácilmente; se acumula en el mar, se desintegra en micropartículas, se incorpora en la dieta de los peces, en las aves que devoran a esos peces y en los mamíferos que devoran a esas aves... La contaminación se hace visible cuando se forman enormes manchas en el mar, pero se vuelve patética cuando nos comemos el plástico que tiramos. 

Para escapar a nuestra dependencia del plástico iniciamos la búsqueda de artículos sustitutos. Uno de ellos es la botella de algas y será nuestro ejemplo particular dentro del fenómeno general que vamos a describir.

La pregunta es simple: si ya tenemos botellas biodegradables ¿por qué no las utiliza la industria? Hay varios problemas relativos a la funcionalidad y la estética del producto, pero el factor determinante es el precio: Las botellas de algas son más caras que las de plástico... ¿o no?

El ciclo de vida de una botella comienza cuando los materiales se extraen de la naturaleza y termina cuando reingresan a ella. El costo real del producto debe calcularse entonces desde que comienza la extracción hasta que los distintos componentes se reintegran. Como sabemos, mucho antes de que termine el ciclo, se obtiene el producto terminado, el objeto que se puede vender, la botella. 

Comparar el costo de la botella de algas contra el costo de la botella de plástico debería consistir en comparar el ciclo completo de cada botella, desde que las substancias salen de la tierra hasta que la naturaleza las degrada. La trampa consiste en comparar solo los costos de  la mitad del ciclo, desde que se extraen los materiales hasta que se obtiene el producto a vender, y desestimar los costos de desintegración. La botella de plástico es barata hasta su venta y costosa luego, hasta su desintegración; la botella de algas es costosa hasta su venta y barata desde allí  hasta su desintegración. El error consiste en evaluar solo la mitad del ciclo, donde la botella de plástico es más barata que la de algas, en lugar de comparar el ciclo completo. 

Cuando el mundo era grande grande y la humanidad era chiquita chiquita, los residuos se descartaban sin más, como hace un mono con una cáscara de banana. Ahora somos muchos y los límites de la naturaleza se hacen evidentes. Aquellas prácticas económicas que desestimaban el cálculo de la segunda mitad del ciclo nos conducen a acumular basura y por lo tanto no son sustentables a largo plazo.

No es fácil evaluar el costo de degradación, desde que el producto se vende hasta que la naturaleza recupera sus materiales. Algunos estados establecen impuestos para financiar ese costo oculto, pero esos impuestos nunca son justos, no expresan la verdadera relación de precios que nos haría preferir la botella de algas, generalmente no se utilizan para lo previsto y cuando se intentan utilizar, no alcanzan.

No poder calcular con nitidez los costos de degradación no es equivalente a que esos costos no existan. Es imposible que el mercado resuelva los problemas si no puede ver la mitad de los costos.

Cuando el fenómeno se agranda se transforma en un problema. Y no se trata solo de los residuos sólidos; la basura que emitimos al aire ya está cambiando el clima del planeta. 

Las civilizaciones que desconocen la contaminación que generan no son adaptativas. A largo plazo aprenden o se extinguen. Tomemos nota.


lunes, 30 de agosto de 2021

El gran derroche automotor




El 90% del tiempo nuestros autos están estacionados en las veredas de la ciudad, en las cocheras de las casas o en los estacionamientos públicos [1]. Esto es fácil de ver: el día tiene 24 hs. y solo utilizamos el auto 2 o 3 hs. por día.  De cada 10 vehículos que se producen, se utiliza solo uno. Es importante entenderlo bien: fabricamos 10 veces más autos de los que necesitamos para viajar.

Según un estudio realizado por la revista Wards Auto en 2019, existen 1420 millones de vehículos en el mundo, de los cuales 1060 son vehículos de pasajeros [2]. En números redondos, existen mil millones de autos de los cuales 900 están parados y solo 100 funcionando.

Para explicar por qué razón fabricamos 900 millones de autos de más, debemos suponer que al poseerlos satisfacemos otras necesidades además de viajar. En rigor, siquiera necesitamos poseer un auto para poder de viajar, de modo que lo único que explica la posesión de un auto es, precisamente, la necesidad de poseerlo. Estamos convencidos de que compramos autos para viajar, pero el 90% del tiempo solo los poseemos. 

Poseer un auto es mucho más de lo que parece. El auto es una marca social,  un identificador económico: las personas que poseen auto tienen más poder que las que no y cuanto más caro es el auto más poder ostentan.

Utilizar la posesión de un automóvil como señal económica no es ni bueno ni malo, pero cuando la civilización se encamina a un grave problema de sobreconsumo, este tipo de comportamientos determina si la especie podrá adaptarse o no. Fabricar mil millones de autos para utilizar solo cien, es una clara señal de que no lo estamos logrando.



La IA y el germen del descontrol

  Es posible encerrar una mosca en la mano sin matarla y sentir sus intentos por salir. Si abriéramos la mano, la mosca escaparía, incluso s...